Mis lectores y amigos saben que soy cristiana, creyente y practicante. Hecha esta aclaración, les comparto una reflexión que parte de un principio fundamental: el respeto por la diferencia.

LA MESA SAGRADA QUE SE ROMPIÓ

Hubo un tiempo en que la mesa familiar era sagrada. Allí se compartía el pan, no se arrojaba veneno. Se contaban historias, no se destruían vínculos.

Hoy basta con que alguien mencione una palabra —«izquierda», «derecha», «Petro», «Uribe», «Trump» o «Milei»— para que la mesa se quiebre. El chat familiar, que antes estaba lleno de bendiciones y fotografías de los nietos y de toda la familia, se convierte en un campo de batalla. El muro de Facebook, que era un espacio de recuerdos, se transforma en un paredón de fusilamiento ideológico.

Amigos de 30 años se bloquean. Hermanos dejan de hablarse. Matrimonios discuten hasta el amanecer por defender a un político que ni siquiera sabe que existen.

Y yo me pregunto, amigos lectores: ¿en qué momento perdimos la cordura?

LA GRAN DISTRACCIÓN: IZQUIERDA Y DERECHA, DOS FIRMAS DEL MISMO TEATRO

Entendámoslo de una vez por todas, con madurez y sin fanatismos.

La izquierda y la derecha, en sus versiones fundamentalistas y extremas, son, en gran medida, firmas de distracción. Son dos libretos distintos para una misma obra: el anhelo desmedido de poder y la alimentación de los egos.

El problema no es la ideología. Las ideologías, en esencia, pueden ofrecer aportes valiosos. El problema surge cuando el poder se aleja de la vocación de servir. Cuando el poder deja de ser servicio, se convierte en veneno. Y ese veneno alimenta los egos más bajos, las pasiones más primitivas, la vanidad y la codicia.

El fundamentalismo, sea de izquierda o de derecha, opera de manera semejante. Simplifica el mundo en buenos y malos, anula el pensamiento crítico y crea un enemigo.

Y lo más grave es que este fenómeno cae en cascada. Quienes están arriba toman decisiones movidos por intereses económicos y personales, mientras que quienes están abajo —la militancia, los lectores y el ciudadano de a pie que no ha tenido tiempo de profundizar— repiten, pelean y se sacrifican por ellos. Incluso personas con capacidad de pensamiento crítico pueden dejarse tentar por los hilos que se mueven desde arriba.

¿No lo hemos visto? Algunos de los mismos personajes que hoy están en la izquierda mañana aparecen en la derecha, según les convenga. Porque, en ocasiones, lo que les interesa no es la doctrina, sino los contratos, los puestos y el poder.

Mientras arriba se abrazan en los cócteles del poder, abajo las familias se rompen en la sala de la casa y en los espacios virtuales de las redes sociales.

Si nos dejamos manipular, terminamos siendo títeres de una partida de ajedrez que no es nuestra.

LA MANIPULACIÓN PERFECTA: COMO SI FUERA FÚTBOL

Han convertido la política en una barra brava.

Hoy la gente pelea por un partido político como pelea por un equipo de fútbol, con la misma pasión irracional y el mismo fanatismo ciego. Y olvidamos algo elemental: el jugador de un equipo puede ser contratado mañana por el equipo rival que ayer tanto se odiaba. Así de volátil puede ser la política.

La política, el fútbol y la religión, cuando se entienden mal, tienen ese peligro: despiertan pasiones que, si no se gestionan con inteligencia emocional y espiritual, pueden destruir. Es una tragedia que, por una pasión prestada, se dañe lo que verdaderamente nos pertenece: la familia, la amistad y el matrimonio.

No hay derecho a que, por defender a un caudillo que no nos dará de comer ni nos cuidará cuando estemos enfermos, terminemos perdiendo a un hermano que sí ha estado a nuestro lado durante toda la vida.

Si creemos en un líder y hasta lo amamos, que sea con moderación y con una comprensión adecuada de las proporciones. No caigamos en el fanatismo.

UNA COSA ES LA RELIGIÓN Y OTRA MUY DISTINTA, LA ESPIRITUALIDAD

Aquí quiero hacer una distinción profunda que puede ayudarnos a salvar nuestros vínculos.

Una cosa son las estructuras religiosas y políticas, con sus intereses, burocracias y luchas de poder. Otra, muy distinta, es la espiritualidad real: mi relación con Dios y mi buena conducta de acuerdo con mis creencias.

La espiritualidad es aquello que puede unirnos. Es la creencia íntima y respetuosa en Dios —mi Dios único y verdadero—, tal como cada persona lo conciba y lo sienta en su corazón: Jesús, Buda, Alá, el universo o una energía creadora.

La espiritualidad no divide: une. No condena: abraza. No busca poder: busca servir.

Mientras algunas estructuras nos dicen «divídanse», la espiritualidad nos susurra «únanse».

Lo que debería interesarnos como humanidad no es solamente quién tiene el poder, sino cómo podemos unirnos para lograr un verdadero avance en el desarrollo humano. Cómo mejorar la calidad de vida. Cómo convertirnos en mejores personas, más altruistas y compasivas.

Precisamente, esos asuntos relacionados con el altruismo y el bienestar humano no siempre ocupan el lugar que merecen en la agenda de quienes manipulan desde arriba.

PROPUESTA: UNA RESISTENCIA DE FRATERNIDAD

No podemos seguir en este juego. Propongo que iniciemos, usted y yo, desde lo local hasta lo mundial, una ola de fraternidad: una resistencia colectiva, pacífica, amorosa y consciente.

Resistámonos a ser manipulados. Resistámonos a permitir que el odio se propague por las redes sociales y los medios de comunicación.

¿Cómo hacerlo? Les comparto algunas orientaciones filosóficas y prácticas para aplicar desde hoy mismo.

1. Pacto de la mesa sagrada. En su casa, establezca una regla de oro: en la mesa donde se comparte el alimento no se habla de política partidista. Se habla de sueños, proyectos y gratitud. El alimento es sagrado; no lo contaminemos con veneno ideológico. Como expresa una conocida reflexión del filósofo Martin Buber, la vida auténtica se construye en el encuentro con el otro.

2. La regla de los tres filtros de Sócrates. Antes de compartir una noticia política o iniciar una discusión en el chat familiar, pregúntese: ¿es verdad?, ¿es bueno?, ¿es necesario? Si no pasa estos filtros, piense dos veces antes de compartirla.

3. De la opinión a la convicción. Respete la postura del otro, pero no permita que una opinión se convierta en una condena. Usted puede estar en desacuerdo con su hermano sin dejar de amarlo. La madurez consiste en reconocer que el otro tiene derecho a pensar diferente, aunque no compartamos sus ideas.

4. Ayuno digital de odio. Haga un ayuno de siete días sin consumir noticieros polarizantes ni comentar sobre política en publicaciones ajenas. Observe cómo se siente y si recupera tranquilidad mental. Como nos recuerda la reflexión filosófica atribuida a Séneca, el problema no siempre es que tengamos poco tiempo, sino cómo lo empleamos.

5. Pregunte por el ser humano, no por el partido. Cuando alguien exprese una opinión diferente, en lugar de preguntarle a qué partido pertenece, pregúntele cómo está su familia, cómo está su salud o en qué puede ayudarle. Volvamos a reconocer al ser humano que hay detrás de cada opinión.

6. Recuerde el principio de impermanencia. Todo gobierno pasa. Todo político pasa. Lo que permanece son los vínculos que cultivamos y el amor que compartimos con quienes nos rodean. No sacrifiquemos lo que puede acompañarnos toda la vida por aquello que es transitorio.

VOLVAMOS A SER TRIBU

No permitamos que nos dividan quienes encuentran beneficios en la división. Sus intereses pueden ser otros; nosotros, desde nuestras familias y comunidades, necesitamos abrazarnos.

Que el fundamentalismo de los extremos no nos divida. Que la izquierda y la derecha no nos quiten el centro más importante: el corazón.

Que podamos volver a ser tribu. Una tribu que discute, sí, pero que no se odia. Que piensa diferente, pero se respeta. Que cree en Dios de distintas maneras, pero puede unirse en la espiritualidad del amor al prójimo.

Porque, al final del camino, ningún presidente, senador o alcalde vendrá necesariamente a tomarnos de la mano en el lecho de enfermos. Allí estarán, si hemos sabido cultivarlos, nuestra familia y nuestros amigos.

Cuidemos lo que de verdad importa.

¿Se une usted a esta ola de fraternidad y respeto por la diferencia?

Elsa Gladys Cifuentes Aranzazu